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Platypterygius elsuntuoso dando caza a la amonita Nicklesia pulchella © Renzo Garavito

Ictiosaurios de Colombia: nuevas especies y un registro que sigue creciendo

Resumen: 

Los ictiosaurios habitaron los mares que cubrieron parte de Colombia durante el Cretácico y dejaron un registro fósil mucho más diverso de lo que durante décadas imaginamos. Nuevas especies, ejemplares excepcionales y numerosos restos que todavía esperan ser estudiados continúan ampliando nuestro conocimiento sobre estos reptiles marinos y revelando una historia que está lejos de haber terminado.

Posición de Gondwana durante el Cretácico temprano (Albiano tardío) hace 101.8 Ma. Créditos C. R. Scotese
Posición de Gondwana durante el Cretácico temprano (Albiano tardío) hace 101.8 Ma. Créditos C. R. Scotese
ICC 2023 Ictiosaurios Barremiano - Albiano

Como vimos en nuestra entrada anterior, Platypterygius sachicarum fue durante años la única especie de ictiosaurio descrita formalmente en Colombia. Sin embargo, los numerosos restos encontrados en la Formación Paja hacían sospechar que la diversidad de estos reptiles marinos había sido considerablemente mayor. Esta idea comenzaría a confirmarse con el estudio de un pequeño cráneo descubierto en el municipio de Sáchica, Boyacá, cuyas características resultaron muy diferentes a las de P. sachicarum.

Muiscasaurus catheti : un nuevo ictiosaurio colombiano

En 2010, Juan de Dios Parra encontró en la vereda Llanitos, municipio de Sáchica, un cráneo de ictiosaurio que estaba comenzando a quedar expuesto por la erosión. El fósil, catalogado como CIP-FCG-CBP-74, se encontraba contenido en una concreción calcárea y conservaba, además del cráneo, parte de la columna vertebral y algunas costillas.

FCG-CBP 74 Muiscasaurus
FCG-CBP 74 Muiscasaurus catheti en las colecciones del Centro de Investigaciones Paleontológicas. Créditos de la imagen: @jwhitehouse / Tripadvisor

El ejemplar fue preparado posteriormente por Mary Luz Parra y Juan de Dios Parra en el Centro de Investigaciones Paleontológicas (CIP) mediante métodos químicos y mecánicos. El fósil procedía de las Arcillolitas Abigarradas de la Formación Paja. Maxwell y colaboradores (2016) no pudieron precisar entonces su edad más allá del intervalo Barremiano–Aptiano, ya que las amonitas preservadas junto al cráneo no permitían una determinación más exacta. Sin embargo, una revisión estratigráfica posterior situó el holotipo con mayor precisión en el Aptiano tardío (Benavides-Cabra y colaboradores, 2023).

El animal tampoco había alcanzado todavía su tamaño adulto. Diferentes características del esqueleto, entre ellas la textura muy porosa de las vértebras cervicales y el escaso desarrollo de algunas de sus estructuras, indicaban que se trataba probablemente de un individuo juvenil. La mandíbula conservaba unos 45 cm de longitud, aunque estaba incompleta y originalmente habría sido mayor. A pesar de tratarse de un ejemplar incompleto y parcialmente deformado, su cráneo presentaba una combinación de características que lo diferenciaba claramente de Platypterygius sachicarum y de los demás ictiosaurios conocidos. Tenía un rostro relativamente esbelto, una región posterior a la órbita estrecha y dientes pequeños y gráciles cuyo esmalte era liso o presentaba únicamente estrías débiles. Particularmente llamativa era la región de las narinas externas, donde una prolongación descendente del hueso nasal dividía parcialmente la abertura en dos porciones orientadas de manera casi perpendicular entre sí. Estas diferencias llevaron a Erin Maxwell, Daniel Dick, Santiago Padilla y Mary Luz Parra a establecer un nuevo género y especie de ictiosaurio: Muiscasaurus catheti. El nombre del género, Muiscasaurus, fue escogido en homenaje al pueblo Muisca, mientras que catheti procede de una palabra que significa «perpendicular», en referencia precisamente a la peculiar disposición de las dos porciones de la abertura nasal (Maxwell y colaboradores, 2016).

La presencia de Muiscasaurus resultaba especialmente interesante porque demostraba que P. sachicarum no había sido el único tipo de ictiosaurio que habitó los mares de la región. Además, sus diferencias anatómicas —especialmente el rostro más esbelto y la dentición mucho más grácil— llevaron a los autores a plantear que ambos animales pudieron ocupar nichos ecológicos diferentes. Mientras P. sachicarum poseía un cráneo y una dentición considerablemente más robustos, Muiscasaurus presentaba dientes pequeños y puntiagudos, lo que sugería diferencias en el tipo de presas que podían capturar (Maxwell y colaboradores, 2016).

Un segundo ejemplar completa la anatomía de Muiscasaurus catheti

Cráneo de Muiscasaurus catheti. Ejemplar FCG-CBP-16
Cráneo de Muiscasaurus catheti. Ejemplar FCG-CBP-16 en vista lateral derecha. Escala: 5 cm. Fuente: Páramo-Fonseca y colaboradores (2021).

Curiosamente, el ejemplar que años después permitiría conocer mucho mejor la anatomía de Muiscasaurus catheti había sido descubierto incluso antes que su holotipo. En 2006, miembros de la Fundación Colombiana de Geobiología recuperaron en la Formación Paja de Villa de Leiva un esqueleto parcial de ictiosaurio, posteriormente catalogado como FCG-CBP-16 y conservado en las colecciones del Centro de Investigaciones Paleontológicas (CIP). A diferencia del holotipo, cuya posición estratigráfica fue precisada posteriormente, este segundo ejemplar procede de niveles bien situados del Aptiano tardío. Benavides-Cabra y colaboradores (2023) revisaron además su localidad y corrigieron un dato de la publicación de 2021: FCG-CBP-16 procede de Loma Monsalve, no de Loma La Catalina. El ejemplar se localiza en el metro 39 de la sección Monsalve-3, dentro de la parte superior del segmento E de las Arcillolitas Abigarradas.

FCG-CBP-16 presentaba una conservación excepcionalmente buena para el registro colombiano. El ejemplar incluye un cráneo casi completo con las mandíbulas cerradas y buena parte del esqueleto axial, formado por 68 vértebras y 76 costillas. Fue encontrado dentro de una gran concreción fragmentada en 18 bloques y, aunque había sufrido cierta deformación y algunas fracturas, buena parte de los huesos del lado derecho del cráneo permanecían prácticamente en su posición anatómica original, incluido el anillo esclerótico del ojo y numerosos dientes. La comparación con el holotipo permitió identificarlo con seguridad como Muiscasaurus catheti. Ambos ejemplares compartían características como un rostro esbelto, una región posterior a la órbita estrecha y dientes cuyo esmalte era liso o presentaba únicamente estrías débiles. Sin embargo, la mejor conservación de FCG-CBP-16 permitió observar estructuras que en el holotipo estaban ocultas o habían sido alteradas por la deformación, proporcionando una imagen mucho más precisa de la anatomía de la especie (Páramo-Fonseca y colaboradores, 2021).

FCG-CBP-16 de Muiscasaurus catheti
Muiscasaurus catheti (FCG-CBP-16). Vistas laterales derecha (A) e izquierda (B), en las que puede observarse gran parte de la columna vertebral asociada al cráneo. Escala: 10 cm. Fuente: Páramo-Fonseca y colaboradores (2021).

Y aquí apareció una sorpresa. Recordemos que una de las características más llamativas utilizadas originalmente para definir Muiscasaurus era la peculiar disposición de las aberturas nasales, aparentemente divididas en dos porciones casi perpendiculares. FCG-CBP-16 permitió cuestionar esta interpretación. Los investigadores concluyeron que algunas características observadas en el holotipo probablemente estaban condicionadas por su deformación, entre ellas precisamente aquella disposición casi perpendicular de las aberturas. También comprobaron que la forma cuadrangular de las raíces dentales, propuesta inicialmente como característica de la especie, no podía mantenerse como un carácter diagnóstico. El nuevo ejemplar permitió reconocer además numerosas características anatómicas hasta entonces desconocidas y establecer con mayor precisión la anatomía craneal y vertebral de M. catheti. Por este motivo, los autores propusieron FCG-CBP-16 como un “ejemplar de referencia” (Benchmark specimen) para la especie: es decir un fósil especialmente completo y bien conservado con el que poder comparar futuros materiales atribuidos a Muiscasaurus (Páramo-Fonseca y colaboradores, 2021).

En aquel análisis, Muiscasaurus fue recuperado dentro de Ophthalmosaurinae y mostró importantes semejanzas con Ophthalmosaurus, un género conocido principalmente del Jurásico tardío. Esta posición sugería que aquel linaje de oftalmosáuridos habría sobrevivido en Sudamérica al menos hasta el Aptiano. Sin embargo, los propios autores comprobaron que otros análisis producían relaciones menos resueltas, por lo que la posición filogenética de Muiscasaurus debe considerarse todavía inestable (Páramo-Fonseca y colaboradores, 2021).

CIP-0107: un ictiosaurio con piel fosilizada

En 2018, durante una expedición organizada por el Centro de Investigaciones Paleontológicas (CIP), Fredy Parra-Ruge descubrió un nuevo esqueleto de ictiosaurio en los alrededores de Villa de Leiva. El ejemplar, catalogado como CIP-0107, fue recuperado entre Loma Monsalve y Loma La Catalina, en las Arcillolitas Abigarradas de la Formación Paja, correspondientes al intervalo Barremiano–Aptiano (Martinez-Motta y colaboradores, 2026).

El fósil conserva unos 2,17 metros de longitud e incluye un cráneo tridimensional, aunque comprimido lateralmente, buena parte de la columna vertebral y algunas vértebras caudales, distribuidas en varias concreciones calcáreas. Por sus características anatómicas, el ejemplar fue referido a Brachypterygiidae e identificado provisionalmente como Muiscasaurus sp.; los autores señalan que podría corresponder a Muiscasaurus catheti. Sin embargo, su estudio anatómico completo todavía se encuentra en desarrollo, por lo que prudentemente no fue asignado a esta especie (Martinez-Motta y colaboradores, 2026).

Ejemplar CIP-0107 Muiscasaurus sp.
Ejemplar CIP-0107 de Muiscasaurus sp. El fósil conserva restos de tegumento fosilizado, un tipo de preservación excepcional en los ictiosaurios de la Formación Paja (Martínez-Motta y colaboradores, 2026). Créditos de la imagen: @aliciarR6006ZW / Tripadvisor.

Pero lo verdaderamente excepcional de CIP-0107 comenzó a revelarse durante su preparación. En la región posterior del cráneo, algunos huesos estaban cubiertos por un material de aspecto céreo que llamó la atención de los investigadores. Ante la posibilidad de que se tratara de tejidos blandos fosilizados, estas zonas fueron preparadas con una intervención mínima y no recibieron tratamientos químicos ni consolidantes que pudieran alterar su composición. Posteriormente, pequeñas muestras procedentes de diferentes zonas de la región posterior del cráneo fueron sometidas a diversos análisis microscópicos y químicos. Los análisis revelaron una preservación extraordinaria. Tras desmineralizar algunas de las muestras aparecieron pequeñas estructuras laminares y flexibles, junto con estructuras microscópicas en forma de red. Los autores interpretaron estas últimas como posibles restos del estrato espinoso de la epidermis, mientras que las capas laminares fueron identificadas como restos del tegumento del animal. Los análisis químicos mostraron además que este material era rico en carbono y oxígeno y contenía restos orgánicos transformados durante la fosilización en compuestos mucho más estables (Martinez-Motta y colaboradores, 2026).

Entre las estructuras observadas aparecieron también pequeñas formas estrelladas, de alrededor de cinco micrómetros de diámetro, incluidas dentro del componente interpretado como tegumento mineralizado. Los investigadores señalaron su semejanza con células pigmentarias observadas en la piel de otros ictiosaurios fósiles, aunque su escasez impide realizar interpretaciones más precisas sobre la coloración original de CIP-0107.

Ejemplar CIP-0107 Muiscasaurus sp.
Ejemplar CIP-0107 de Muiscasaurus sp. Vista general del fósil, en el que se conservan el cráneo y buena parte de la columna vertebral. Imagen: Universidad del Rosario.

La importancia del hallazgo va mucho más allá de Muiscasaurus. Según los autores, CIP-0107 constituye el primer caso conocido de preservación de tegumento en un reptil marino fósil del norte de Sudamérica. Para explicar cómo pudo conservarse un tejido tan delicado durante más de 120 millones de años, propusieron una combinación de factores: enterramiento rápido en sedimentos blandos, condiciones pobres o carentes de oxígeno, actividad de biopelículas microbianas y la formación temprana de las concreciones carbonatadas que terminaron protegiendo el fósil (Martinez-Motta y colaboradores, 2026).

Platypterygius elsuntuoso: una nueva especie en la Formación Paja

Como vimos en nuestra entrada anterior, en 2024 María Eurídice Páramo-Fonseca, Cristian Benavides-Cabra y Renzo Garavito-Camacho publicaron una revisión del género Platypterygius en la que defendieron su validez y devolvieron P. sachicarum al género. Sin embargo, aquel trabajo tenía otro protagonista: un ictiosaurio colombiano que presentaba suficientes diferencias anatómicas para ser reconocido como una especie hasta entonces desconocida, Platypterygius elsuntuoso (Páramo-Fonseca y colaboradores, 2024).

La nueva especie fue establecida a partir del ejemplar FCG-CBP-28, que continúa siendo el único espécimen conocido. El fósil conserva un cráneo al que le falta la parte anterior del rostro, algunos elementos de la columna vertebral desarticulados, parte del coracoides izquierdo y unas pocas falanges. Procede de Loma La Cabrera, al noroeste de Villa de Leiva, y fue recuperado en las Arcillolitas Abigarradas de la Formación Paja. A diferencia de otros ictiosaurios de esta formación cuya posición estratigráfica resulta menos precisa, FCG-CBP-28 pudo situarse en el Barremiano temprano (Páramo-Fonseca y colaboradores, 2024).

Cráneo de Platypterygius elsuntuoso. Holotipo FCG-CBP-28
Cráneo de Platypterygius elsuntuoso. Holotipo FCG-CBP-28, procedente de niveles de la Formación Paja correspondientes al Barremiano temprano. Imagen: @vanebm / Tripadvisor.

El nombre de la nueva especie esconde además una historia particular: elsuntuoso procede literalmente de «el suntuoso», el apodo con el que Carlos Bernardo Padilla, fundador de la Fundación Colombiana de Geobiología y del Centro de Investigaciones Paleontológicas, se refería al ejemplar. Tras su fallecimiento, los investigadores conservaron aquel sobrenombre al establecer formalmente la especie, convirtiéndolo así en parte de su nombre científico (Páramo-Fonseca y colaboradores, 2024).

Aunque a primera vista P. elsuntuoso comparte numerosas características con otros representantes de Platypterygius, el estudio detallado reveló una combinación propia de rasgos anatómicos. Entre las características utilizadas para distinguirlo se encuentran particularidades de algunos huesos de la parte posterior del cráneo y, especialmente, de sus dientes. Las raíces presentan un pequeño estrechamiento en la base de la capa de cemento acelular (un tejido mineralizado, carente de células, que recubre parte de la raíz), una característica incluida entre los rasgos diagnósticos de la nueva especie (Páramo-Fonseca y colaboradores, 2024).

La comparación resulta especialmente interesante cuando miramos hacia P. sachicarum. Ambas especies compartían numerosas características y el análisis filogenético realizado por los autores reforzó esta semejanza. Tras excluir del análisis varios taxones cuya posición resultaba inestable, P. elsuntuoso apareció como la especie hermana de P. sachicarum, es decir, como su pariente más cercano dentro del árbol obtenido. Ambas compartían, entre otros caracteres, la presencia de surcos verticales en la región basal de la corona dental (Páramo-Fonseca y colaboradores, 2024).

Platypterygius elsuntuoso @ Renzo Garavito
«Reconstrucción de Platypterygius elsuntuoso. Obra ganadora de la categoría de ilustración científica digital del III Congreso Colombiano de Paleontología, en la que el ictiosaurio aparece dando caza a la amonita Nicklesia pulchella. Ilustración: Renzo Alejandro Garavito Camacho, “El mar estremeció primero” (2025).»

La descripción de P. elsuntuoso abrió además la posibilidad de reinterpretar otro material colombiano que ya conocíamos. Como vimos en nuestra entrada anterior, FCG-CBP-87 conserva las dos aletas anteriores de un Platypterygius cuya especie no pudo determinarse. El ejemplar procede de Loma La Cabrera y del Barremiano temprano, la misma localidad y edad general que FCG-CBP-28. Por esta razón, Páramo-Fonseca y colaboradores (2024) plantearon que FCG-CBP-87 podría representar las extremidades anteriores de P. elsuntuoso. Sin embargo, esta posibilidad no puede confirmarse mientras no se conozca material que permita asociar directamente la anatomía craneal de la especie con sus aletas, por lo que FCG-CBP-87 continúa identificado como Platypterygius sp.

Pero P. elsuntuoso no era simplemente otro ejemplar de P. sachicarum. Las diferencias observadas en el cráneo y la dentición permitieron distinguir ambas especies y demostraron que al menos dos formas diferentes de Platypterygius estuvieron presentes en el Cretácico temprano colombiano. Además, FCG-CBP-28 procede del Barremiano temprano, aportando un registro particularmente antiguo del género en la Formación Paja (Páramo-Fonseca y colaboradores, 2024).

Un ictiosaurio del Albiano en Guayabal de Síquima: el registro más reciente de Colombia

Aunque la mayor parte de los ictiosaurios colombianos conocidos procede de las rocas barremianas y aptianas de la Formación Paja, existe un registro considerablemente más joven y situado lejos de Villa de Leiva. Un ejemplar fue encontrado en el lecho del río Síquima, cerca del municipio de Guayabal de Síquima, Cundinamarca, por el profesor local Ricardo Bernal. En 2011 fue trasladado al Museo Geológico Nacional José Royo y Gómez, donde actualmente permanece depositado y está catalogado como MGJRG-GS-2015-000 (Pomar y colaboradores, 2025).

El fósil ya había aparecido en la revisión de los reptiles marinos colombianos realizada por Páramo-Fonseca en 2015, aunque entonces figuraba bajo el número SGC RB-102011 y se mencionaba simplemente como un conjunto de vértebras y costillas procedente del Albiano de Guayabal de Síquima. Posteriormente se confirmó que ambos números corresponden al mismo ejemplar (Páramo-Fonseca, 2015; Pomar y colaboradores, 2025).

Su primer estudio detallado llegó en 2017, cuando Daniel Eduardo Pomar dedicó su trabajo de grado al análisis del ejemplar. En aquel momento se reconocieron 29 centros vertebrales articulados, además de numerosas costillas y gastralias, así como dos elementos óseos interpretados tentativamente como posibles restos de la cintura pélvica. El esqueleto conservaba principalmente la región dorsal posterior y la parte anterior de la cola (Pomar, 2017).

El trabajo de 2017 llamó también la atención sobre algo especialmente curioso. Gran parte de los huesos estaba cubierta por una pátina carbonosa que presentaba diferentes texturas. Algunas zonas mostraban una apariencia fibrosa que fue interpretada provisionalmente como posible tejido muscular, mientras que otras presentaban diminutas estructuras semirromboidales que parecían sugerir la conservación de tejido dérmico. Estas interpretaciones eran preliminares y no habían sido comprobadas mediante análisis químicos, pero ya señalaban el potencial excepcional del ejemplar. En aquel estudio, MGJRG-GS-2015-000 fue asignado a Ophthalmosauridae, aunque no pudo determinarse su género o especie. El problema era que la mayor parte de los caracteres utilizados para distinguir los diferentes oftalmosáuridos se encuentran en el cráneo y las extremidades, mientras que el ejemplar conservaba principalmente el esqueleto axial. Por ello, su identificación quedó como Ophthalmosauridae indet. (Pomar, 2017).

MGJRG-GS-2015-000, Guayabal de Síquima
Vista dorsal del espécimen MGJRG-GS-2015-000. Tomado de Pomar (2017)

Sin embargo, el fósil todavía guardaba información suficiente para ser reinterpretado. En 2025, Daniel Pomar, Cristian Benavides-Cabra y José Alejandro Narváez-Rincón publicaron una nueva descripción del ejemplar. Tras una preparación y revisión más detalladas, reconocieron 31 vértebras articuladas y otras dos aisladas, además de costillas, gastralias y varios elementos desarticulados de las extremidades y la cintura pectoral. La nueva revisión permitió además precisar su posición taxonómica. Algunas de las costillas presentan una característica sección transversal en forma de «8», un rasgo que permitió incluir al animal dentro de Thunnosauria, el grupo de ictiosaurios altamente especializados al que pertenecen las formas más derivadas. Sin embargo, los autores no encontraron caracteres diagnósticos suficientes para confirmar que perteneciera a Ophthalmosauridae. Por esta razón adoptaron una posición más conservadora que el estudio de 2017 y lo identificaron únicamente como Thunnosauria indet. (Pomar y colaboradores, 2025). Esto significa que podemos situarlo dentro de un amplio linaje de ictiosaurios derivados al que también pertenecen Muiscasaurus y Platypterygius, pero que sus restos no permiten determinar con seguridad a qué género o especie pertenecía.

También cambió la interpretación de su procedencia geológica. En 2017, siguiendo la cartografía disponible, el fósil había sido referido a la Formación Simijaca. Sin embargo, una amonita encontrada apenas dos metros por encima del nivel que contenía el esqueleto permitió situarlo en la parte inferior del Albiano tardío. La naturaleza calcárea de la roca que contenía al ictiosaurio y la presencia de esta fauna de amonitas llevaron a Pomar y colaboradores a considerar mucho más probable que procediera de la Formación Hilo, situada estratigráficamente por debajo de la Formación Simijaca (Pomar, 2017; Pomar y colaboradores, 2025).

Esta nueva edad convierte a MGJRG-GS-2015-000 en un fósil especialmente importante. No solo amplía considerablemente en el tiempo el registro de los ictiosaurios colombianos respecto a los ejemplares barremianos y aptianos de la Formación Paja, sino que constituye el primer registro de un ictiosaurio del Albiano conocido en Colombia y, según sus autores, el primer tunosaurio documentado en el Albiano tardío de Suramérica (Pomar y colaboradores, 2025).

¿Conservó tejidos blandos este ictiosaurio?

El trabajo de 2017 había llamado la atención sobre una capa carbonosa que cubría gran parte del esqueleto y que, por su aspecto fibroso y algunas estructuras observadas en su superficie, fue interpretada de manera preliminar como posible tejido muscular o dérmico. Años después, esta hipótesis pudo ponerse a prueba mediante microscopía electrónica y análisis químicos de varias muestras tomadas directamente del ejemplar. Los resultados no mostraron ninguna microestructura que permitiera identificar con seguridad aquella capa como tejido del ictiosaurio. En realidad, estaba compuesta principalmente por carbonato de calcio, materia orgánica, fosfatos, sílice, pirita y barita. La materia orgánica aparecía dispersa dentro del material y la textura fibrosa observada macroscópicamente no pudo relacionarse con fibras musculares, piel u otro tejido anatómico concreto (Pomar y colaboradores, 2025).

Esto no resta interés al fósil. Al contrario, la capa carbonosa y la abundancia de pirita proporcionan información valiosa sobre las condiciones en las que quedó enterrado. Los autores interpretaron que el cadáver cayó a un fondo marino con muy poco o ningún oxígeno, abundante materia orgánica y escasa actividad de organismos carroñeros. Estas condiciones favorecieron la conservación articulada de buena parte de la columna vertebral y la formación de pirita alrededor del esqueleto (Pomar y colaboradores, 2025).

Platypterygius sachicarum, P. elsuntuoso . Créditos Julián Tellez
Platypterygius sachicarum y Platypterygius elsuntuoso. Créditos Julián Tellez.

Más allá de las especies conocidas

Los ejemplares que hemos visto hasta ahora están lejos de representar todos los ictiosaurios recuperados en Colombia. Cráneos, vértebras, extremidades y esqueletos más o menos completos permanecen repartidos entre diferentes colecciones paleontológicas del país, y algunos de ellos todavía esperan un estudio que permita conocer con mayor precisión a qué animales pertenecieron.

Esta situación no es nueva. En 2015, María Eurídice Páramo-Fonseca reunió en una revisión sobre los reptiles marinos cretácicos de Colombia numerosos restos de ictiosaurios conocidos hasta aquel momento. Solo para Villa de Leiva registró ocho ejemplares representados por restos vertebrales y otros quince que conservaban cráneos completos o parciales, algunos acompañados por otras partes del esqueleto. A ellos se sumaban materiales fragmentarios procedentes de Villa de Leiva y Sáchica (Páramo-Fonseca, 2015).

Pero aquella relación constituye también una interesante fotografía de cómo ha avanzado el conocimiento durante la última década. Algunos de los fósiles que entonces figuraban entre los materiales pendientes de estudio han terminado protagonizando las páginas anteriores. FCG-CBP-16 permitió conocer mucho mejor la anatomía de Muiscasaurus catheti, mientras que FCG-CBP-87 fue posteriormente descrito como Platypterygius sp. Otros ejemplares han contribuido a ampliar todavía más el registro conocido de los ictiosaurios colombianos.

Muchos, sin embargo, continúan planteando interrogantes. Esto no significa necesariamente que nunca hayan sido examinados o que actualmente no estén siendo investigados. Simplemente, no hemos localizado para ellos una descripción anatómica y taxonómica publicada que permita conocer con suficiente precisión su identidad. Y algunos resultan especialmente prometedores porque no consisten únicamente en vértebras o huesos aislados: entre los materiales conservados existen también cráneos relativamente completos.

Ictiosaurios FCG-CBP-8 y FCG-CBP-18

FCG-CBP 8. Créditos Andres Sánchez
FCG-CBP 8 en las colecciones del Centro de Investigaciones Paleontológicas de Villa de Leiva CIP. Créditos Andrés Sánchez

Dos buenos ejemplos se encuentran en las colecciones del Centro de Investigaciones Paleontológicas (CIP): FCG-CBP-8 y FCG-CBP-18. Ambos habían aparecido ya entre los ictiosaurios recopilados por Páramo-Fonseca (2015), pero trabajos posteriores han permitido conocer algo más sobre su procedencia y su posición estratigráfica.

FCG-CBP-8 conserva un cráneo casi completo y procede de Loma Monsalve, en niveles del Barremiano temprano de la Formación Paja. El ejemplar ha sido referido a Ophthalmosauridae y continuaba figurando en trabajos posteriores entre los materiales todavía en preparación. Su interés resulta evidente: como hemos visto a lo largo de estas dos entradas, buena parte de la diversidad de los ictiosaurios colombianos se ha podido reconocer precisamente gracias al estudio detallado de sus cráneos (Benavides-Cabra y colaboradores, 2023).

FCG-CBP-18 resulta igualmente interesante. Los mismos autores lo registraron como un cráneo de Ophthalmosauridae todavía inédito y en estudio, pero en este caso conocemos con bastante precisión su posición dentro de la Formación Paja. Procede del Aptiano tardío de Loma Monsalve y fue encontrado en el mismo nivel estratigráfico que FCG-CBP-16, el ejemplar que permitió completar buena parte de la anatomía conocida de Muiscasaurus catheti.

Que ambos fósiles hayan sido referidos a Ophthalmosauridae no permite, por sí solo, determinar a qué género o especie pertenecen. Tampoco podemos asumir que FCG-CBP-18 corresponda a Muiscasaurus simplemente porque apareció en el mismo nivel que uno de sus ejemplares. Por ahora, lo más interesante es precisamente lo que todavía no sabemos: dos cráneos de ictiosaurios procedentes de diferentes momentos de la Formación Paja permanecen a la espera de que su estudio permita conocer qué lugar ocupan dentro de la diversidad que habitó aquellos mares.

FCG-CBP 18. Créditos Andres Sánchez
FCG-CBP 18 (en primer plano) en las colecciones del Centro de Investigaciones Paleontológicas de Villa de Leiva CIP, detrás el Cráneo de Platypterygius elsuntuoso (FCG-CBP-28). Créditos Andrés Sánchez

Un ictiosaurio «olvidado» desde 1939

No todos los ictiosaurios colombianos pendientes de una revisión moderna proceden de hallazgos recientes. En las colecciones del Museo Geológico Nacional José Royo y Gómez se conserva un pequeño conjunto de vértebras cuya historia puede seguirse hasta antes incluso de que comenzaran los principales estudios sobre estos reptiles marinos en Colombia.

El ejemplar aparece actualmente registrado con el número 25/10 y conserva además un antiguo número de museo, el 1574. Está formado por cuatro vértebras dorsales y fue recolectado el 13 de julio de 1939 en Cundinamarca, en la vía de Villeta hacia Guaduas, en un punto consignado en el catálogo como «Poste 135». Su edad figura como Barremiano (Servicio Geológico Colombiano, s. f.).

Pero quizá el dato más curioso se encuentra en su antigua identificación. El material fue catalogado como «Ictiosaurio (Myobradypterygius)», un nombre utilizado históricamente para determinados ictiosaurios cretácicos y que refleja las clasificaciones disponibles en el momento en que el fósil fue incorporado a la colección. El catálogo actual lo sitúa de manera más general dentro de Euichthyopterygia.

Esta antigua identificación no debe interpretarse como una determinación taxonómica vigente del ejemplar. Cuatro vértebras aisladas proporcionan una información mucho más limitada que un cráneo o un esqueleto relativamente completo y, por el momento, no hemos localizado una publicación moderna que permita establecer con mayor precisión a qué ictiosaurio pertenecieron.

Aun así, el ejemplar 25/10 resulta especialmente interesante desde una perspectiva histórica. Fue recolectado más de dos décadas antes de la publicación, en 1963, del que durante mucho tiempo se consideró el primer registro de un ictiosaurio cretácico de Colombia. Su presencia en las colecciones muestra que restos atribuidos a estos reptiles marinos ya habían sido recuperados en el país mucho antes de que comenzara a construirse el registro científico que conocemos actualmente.

Y este antiguo ejemplar no es un caso aislado. La revisión de los inventarios de diferentes museos colombianos revela que numerosos restos identificados como ictiosaurios permanecen conservados en sus colecciones, en ocasiones desde hace décadas.

Los ictiosaurios del Museo El Fósil

Una de las colecciones que mejor muestra cuánto material permanece todavía por estudiar es la del Museo El Fósil, en Villa de Leiva. La revisión de sus inventarios permitió localizar varios ejemplares que habían sido clasificados expresamente como pertenecientes a Ichthyosauria, aunque hasta el momento no hemos encontrado publicaciones que permitan determinar con mayor precisión su identidad.

El inventario realizado en 2016 resulta especialmente revelador. En él se contabilizaron seis registros correspondientes a ictiosaurios. Cinco pueden reconocerse individualmente en la documentación disponible: Ichthyosauria-001, Ichthyosauria-002, Ichthyosauria-003, Ichthyosauria-004 e Ichthyosauria-006. El sexto aparece reflejado en el recuento general de la colección, pero la información que hemos podido consultar no permite identificar con seguridad cuál era su número individual. Por esta razón, preferimos no asignarle un código que no esté documentado (Escobar Jaramillo, 2016).

Algunos de estos materiales pueden seguirse además entre diferentes inventarios. El ejemplar que posteriormente aparece como Ichthyosauria-002, por ejemplo, había sido registrado en 2015 bajo la denominación «Ichthyosauria-Vértebras». En conjunto, estos registros muestran que la presencia de ictiosaurios en la colección no se limita a un único fósil aislado (Escobar Jaramillo, 2015).

Cráneo y columna vertebral articulados de ictiosaurio Museo El Fósil (sin número de catálogo)
Cráneo y columna vertebral articulados de un ictiosaurio conservado en el Museo El Fósil de Villa de Leiva. Fuente: Archivo Fotográfico Colección Museo El Fósil (Bustos Sotelo y colaboradores, 2022, fig. 4).

Una revisión posterior del Museo El Fósil, realizada en 2022, aporta una imagen todavía más interesante. El informe señala que entre los reptiles marinos conservados en la colección existe un ictiosaurio representado por un cráneo y una columna vertebral articulada, además de vértebras correspondientes a otros ejemplares. El documento incluye también una fotografía identificada expresamente como un ictiosaurio (Bustos Sotelo y colaboradores, 2022).

Sin embargo, aquí aparece una limitación importante. La publicación de 2022 no relaciona esos restos con los números utilizados en los inventarios anteriores. Por tanto, no podemos afirmar que el cráneo y la columna articulada correspondan, por ejemplo, a Ichthyosauria-001 o a cualquiera de los otros registros. Hacerlo supondría establecer una equivalencia que las fuentes disponibles no permiten demostrar.

Lo que sí podemos afirmar es que el Museo El Fósil conserva varios restos identificados como ictiosaurios y que, entre ellos, existe al menos un ejemplar con una preservación considerablemente más completa que unas vértebras aisladas. Hasta que estos materiales puedan relacionarse con sus respectivos números de inventario y dispongan de un estudio anatómico detallado, resulta imposible saber si pertenecen a alguna de las especies ya conocidas en la Formación Paja o si esconden información todavía desconocida sobre la diversidad de estos reptiles marinos.

Tras la pista de un ictiosaurio de Chíquiza

No todos los fósiles llegan a una colección científica como resultado de una excavación paleontológica. En ocasiones, el proceso comienza simplemente con alguien que encuentra unos huesos, decide conservarlos y, años después, se pregunta qué pueden ser. Uno de esos casos llegó hasta nosotros en septiembre de 2013, cuando un lector de nuestro blog se puso en contacto con nosotros y nos envió varias fotografías de unos restos fósiles que había encontrado años antes en el municipio de Chíquiza, Boyacá.

Según nos explicó entonces, el hallazgo se había producido aproximadamente a 300 metros del puesto de salud de Chíquiza, en una zona en la que había observado numerosos fósiles. El pequeño bloque conservaba varias vértebras, pero su descubridor desconocía por completo a qué animal podían pertenecer. Su intención era sencilla: si el material tenía interés científico, estaba dispuesto a donarlo.

Las fotografías fueron remitidas a varios especialistas e instituciones con la esperanza de poder identificar los restos. La respuesta más esclarecedora llegó de la paleontóloga María E. Páramo, entonces profesora del Departamento de Geociencias de la Universidad Nacional de Colombia y especialista en reptiles marinos fósiles. Tras examinar las imágenes, consideró que el bloque contenía varias vértebras de reptil marino, probablemente de un ictiosaurio, y señaló que se trataba de una pieza que merecía ser preparada y estudiada (M. E. Páramo-Fonseca, comunicación personal, 2013).

La Universidad Nacional se ofreció inicialmente a recibir el fósil en donación y su descubridor aceptó, solicitando únicamente que se reconociera su participación en el hallazgo y la donación si el material llegaba a ser estudiado o publicado. Sin embargo, las dificultades para organizar el traslado impidieron entonces que la entrega llegara a realizarse. La historia pudo retomarse al año siguiente. En septiembre de 2014 nos pusimos en contacto con Mauricio Pardo Jaramillo, entonces coordinador del Museo Geológico Nacional José Royo y Gómez del Servicio Geológico Colombiano, y le explicamos la situación. El SGC se ofreció a asumir el traslado de la pieza para incorporarla a sus colecciones y poder estudiarla. Esta vez el proceso sí llegó a completarse.

Ictiosaurio Chiquiza. ©Titanoboaforest
Posibles vértebras caudales de ictiosaurio recuperadas en el municipio de Chíquiza (Boyacá). Longitud aproximada de la pieza: 23 cm. Créditos Leonardo Daza

El 20 de octubre de 2014, Mauricio Pardo nos confirmó que el material había sido recibido por el Servicio Geológico Colombiano. La observación directa de la pieza permitió además superar la identificación provisional realizada a partir de fotografías: Pardo confirmó que se trataba de vértebras de ictiosaurio y planteó, aunque con cautela, que posiblemente correspondieran a la región caudal del animal (M. Pardo Jaramillo, comunicación personal, 2014).

De este modo, un fósil encontrado años antes en Chíquiza y conservado por su descubridor terminó incorporándose al patrimonio paleontológico colombiano gracias a una cadena de colaboración que comenzó con un mensaje enviado a nuestro blog. Más de una década después, sin embargo, todavía queda una parte de su historia por reconstruir: no hemos podido determinar qué número de catálogo recibió posteriormente el ejemplar ni localizar una publicación científica en la que haya sido descrito.

Chíquiza, además, no es un lugar desconocido para la paleontología de vertebrados colombiana. En este municipio también se han documentado huellas de dinosaurios, un registro muy diferente al que nos ocupa aquí y sobre el que volveremos en una futura entrada dedicada a las icnitas de dinosaurios conocidas en Colombia.

Y precisamente Chíquiza volvería a proporcionarnos otro indicio relacionado con los ictiosaurios algunos años después.

Un segundo indicio

En 2022, una investigación realizada en Quebrada Negra, también en el municipio de Chíquiza, documentó otro resto vertebral procedente de la Formación Paja. El ejemplar, catalogado como PF 22.041, mide unos 12 cm de diámetro y 3,9 cm de grosor y presenta un estado de conservación muy deficiente. Fue interpretado como una posible vértebra y atribuido tentativamente a Ichthyosauria, aunque el propio autor señala que «se presume» su pertenencia a un ictiosaurio (Rengifo Montilla, 2022).

Esta cautela resulta importante a la hora de valorar el registro. A diferencia del hallazgo que acabamos de relatar, cuyas vértebras pudieron ser examinadas directamente tras su ingreso al Servicio Geológico Colombiano y reconocidas como pertenecientes a un ictiosaurio, PF 22.041 plantea mayores dudas debido a su deficiente conservación. Por ello, preferimos mantenerlo como un registro posible y no incluirlo entre los ejemplares confirmados.

PF 22.041 diámetro de 12 cm y un grosor de 3.9 cm.
Posible vértebra de ictiosaurio de Quebrada Negra, Chíquiza. El ejemplar PF 22.041, procedente de la Formación Paja, presenta un diámetro de 12 cm y un grosor de 3,9 cm. Debido a su deficiente estado de conservación, fue atribuido tentativamente a Ichthyosauria. Tomado de Rengifo Montilla (2022).

Aun con estas limitaciones, resulta interesante que ambos hallazgos procedan del municipio de Chíquiza. Juntos muestran que el registro de reptiles marinos de esta zona todavía puede proporcionar nuevos datos sobre la presencia de ictiosaurios en la Formación Paja.

Colombia, tierra de ictiosaurios

Los casos anteriores son solo una parte del registro que permanece en las colecciones colombianas. Al cruzar antiguos inventarios con catálogos y revisiones más recientes aparecen numerosos restos identificados como ictiosaurios para los que todavía no hemos localizado una descripción que permita precisar su identidad. Algunos son apenas unas vértebras o fragmentos aislados; otros conservan partes mucho más informativas del esqueleto.

El Centro de Investigaciones Paleontológicas de Villa de Leiva constituye un buen ejemplo. Además de los ejemplares que ya hemos mencionado a lo largo de estas dos entradas, la revisión publicada por Páramo-Fonseca (2015) registró otros materiales bajo los números FCG-CBP-5, 10, 12, 19, 23, 27, 32, 33, 63, 70 y 72, además del fragmentario FCG-CBP-30. Algunos de estos números continúan apareciendo en documentación posterior de la colección, pero no hemos localizado publicaciones que permitan establecer con seguridad a qué género o especie pertenecen. Esto no significa que los ejemplares no hayan sido examinados o que actualmente no estén siendo estudiados, sino únicamente que la información publicada disponible no permite ir más allá.

Algo semejante ocurre con la colección paleontológica de la Universidad Nacional de Colombia. Páramo-Fonseca (2015) reunió numerosos restos de ictiosaurios procedentes de Villa de Leiva bajo números como UN MP 110210-7 y la serie UN MPVL. Entre ellos existen vértebras y otros elementos poscraneales, pero también materiales más completos. UN MPVL-91-064, por ejemplo, conserva restos craneales y poscraneales. Al igual que sucede con varios de los ejemplares del CIP, no hemos encontrado por el momento una publicación posterior que permita relacionarlos de manera inequívoca con alguno de los ictiosaurios descritos en los últimos años.

Pero los ictiosaurios no aparecen únicamente en las grandes colecciones vinculadas a Villa de Leiva. La revisión de otros museos del país revela un registro mucho más disperso. La Casa Museo Luis Alberto Acuña, en la propia Villa de Leiva, conserva una serie de 18 vértebras desarticuladas identificadas como pertenecientes a un ictiosaurio y posiblemente procedentes de la Formación Paja (Bustos Sotelo y colaboradores, 2021). En el Museo Kosmos de Santa Sofía, una caracterización realizada en 2022 documentó también vértebras de ictiosaurio (Zafra-Otero y colaboradores, 2022). Ese mismo año, la revisión del Museo de Historia Natural de la Sabana, en Nemocón, registró entre sus restos de ictiosaurios vértebras desarticuladas, un fragmento de anillo esclerótico y fragmentos del rostro (León-Montenegro y Martínez-Matiz, 2022). En ninguno de estos casos disponemos de números individuales que permitan seguir cada pieza hasta una descripción taxonómica publicada.

FCG-CBP 23. Créditos Andres Sánchez
FCG-CBP 23 en las colecciones del Centro de Investigaciones Paleontológicas de Villa de Leiva (CIP). Créditos Andrés Sánchez

También encontramos registros en colecciones de creación más reciente. La caracterización de la Casa de Fósiles identificó el ejemplar CDF-0078 como vértebras pertenecientes a Ichthyosauria. El informe señala además la presencia de otras piezas asociadas a vértebras de ictiosaurios, aunque, ante la ausencia de números individuales para esos materiales, no podemos saber cuántos ejemplares diferentes están realmente representados (Rengifo-Cajias, 2024).

Algunas piezas permiten incluso asomarnos a la historia de la paleontología colombiana. En el Museo de La Salle se conservan dos antiguos registros procedentes de Boyacá que fueron catalogados históricamente como Ichthyosaurus: el 2317, correspondiente a una sección de mandíbula procedente de Villa de Leiva, y el 2345, una mandíbula inferior registrada como procedente de «Moniquira». Estas identificaciones deben entenderse en su contexto histórico y no como asignaciones taxonómicas modernas, pero muestran que restos atribuidos a ictiosaurios llevaban décadas ingresando en las colecciones del país (Giraldo Romero, 2017).

El Museo Geológico Nacional conserva todavía otro caso: LR-150, un conjunto de diez elementos registrado sencillamente como «vértebras de ictiosaurio». A diferencia del ejemplar 25/10 que vimos anteriormente, en este caso el catálogo no conserva información sobre su localidad de procedencia ni su edad geológica, lo que limita considerablemente las posibilidades de interpretar el material (Servicio Geológico Colombiano, s. f.).

Existen además referencias que hemos preferido no incorporar al registro confirmado. Un directorio de 2020, por ejemplo, mencionaba la posible presencia de material de ictiosaurio en el Museo Paleontológico de Sáchica (Servicio Geológico Colombiano, 2020). Sin embargo, una revisión detallada de su colección publicada posteriormente no permitió reconocer ningún ejemplar identificado como tal (Martínez Matiz y colaboradores, 2021). Algo parecido sucede con restos registrados simplemente como «reptil marino» o «vertebrado marino» en otras colecciones: sin una identificación más precisa, considerarlos ictiosaurios supondría ir más allá de lo que realmente dicen las fuentes.

Platypterygius elsuntuoso. Créditos Julián Bayona
Muiscasaurus catheti. Créditos Julián Tellez

Vistos en conjunto, estos materiales muestran que las especies formalmente descritas representan solo una parte del registro de los ictiosaurios colombianos. Detrás de ellas existe un conjunto mucho mayor de cráneos, mandíbulas, vértebras y otros restos cuya identidad todavía permanece abierta.

La diversidad oculta de los ictiosaurios colombianos

Todo este material plantea una pregunta inevitable: ¿cuántos tipos diferentes de ictiosaurios se encuentran realmente representados en las colecciones colombianas? Por el momento, no podemos responderla. Sin embargo, los estudios más recientes sugieren que la diversidad conocida podría ser solo una parte de la que realmente habitó los mares cretácicos de Colombia.

Diversidad de los ictiosaurios c olombianos provenientes de la Formación Paja. Créditos Andrés Sánchez
Diversidad de los ictiosaurios colombianos provenientes de la Formación Paja. Créditos Andrés Sánchez

Una síntesis sobre la fauna de vertebrados de la Formación Paja publicada por Cortés y Larsson (2026) ofrece una pista especialmente interesante. Además de los ictiosaurios ya conocidos, los autores reconocen cinco morfoespecies de Brachypterygiidae todavía en estudio, denominadas provisionalmente ms1, ms2, ms3, ms4 y ms5. El propio trabajo señala además la existencia de varios nuevos taxones de ictiosaurios en proceso de estudio dentro de las colecciones del Centro de Investigaciones Paleontológicas.

Por ahora, estas denominaciones no representan especies formalmente descritas. Son una forma provisional de distinguir materiales que presentan diferencias suficientes para ser tratados separadamente mientras continúa su investigación. Tampoco podemos saber, a partir de la información publicada, cuáles de los ejemplares que hemos recorrido en esta entrada corresponden a esas cinco morfoespecies. Relacionar, por ejemplo, FCG-CBP-8 o FCG-CBP-18 con alguna de ellas sería especulativo.

Pero precisamente ahí reside su importancia. Si futuros estudios confirman que algunas de estas formas representan taxones diferentes, la diversidad de ictiosaurios de la Formación Paja podría resultar considerablemente mayor que la que reflejan actualmente las especies formalmente descritas. Los fósiles que todavía esperan en las colecciones dejarían entonces de ser simplemente «más ejemplares» para convertirse en piezas fundamentales para reconstruir la composición de aquellos ecosistemas marinos.

La historia de los ictiosaurios colombianos, por tanto, está lejos de estar terminada. Durante las últimas décadas hemos visto cómo fósiles conocidos desde hacía años acabaron proporcionando nuevas especies, nuevas interpretaciones anatómicas e incluso debates sobre la identidad de algunos de estos animales. Y, como hemos visto a lo largo de esta entrada, numerosos cráneos, mandíbulas, vértebras y otros restos permanecen todavía en las colecciones a la espera de que nuevos estudios permitan conocer mejor su identidad.

Instituciones como el Centro de Investigaciones Paleontológicas, el Museo El Fósil, el Museo Kosmos, el Museo de Historia Natural de la Sabana, la Casa Museo Luis Alberto Acuña, Casa de Fósiles o el Museo Geológico Nacional José Royo y Gómez, entre otras, conservan y divulgan parte de este extraordinario patrimonio paleontológico. Algunas de sus colecciones y exhibiciones pueden visitarse, una magnífica oportunidad para conocer de primera mano estos fósiles y, al mismo tiempo, apoyar la labor de quienes trabajan para conservarlos, estudiarlos y acercarlos al público.

Porque una colección paleontológica no es simplemente el lugar donde termina la historia de un fósil: muchas veces es donde comienza una nueva.

Vértebras de ictiosaurio conservadas en la Casa Museo Luis Alberto Acuña. Serie de 18 vértebras desarticuladas, posiblemente procedentes de la Formación Paja. Fuente: Bustos Sotelo y colaboradores (2021).
Serie de 18 vértebras de ictiosaurio desarticuladas conservadas en la Casa Museo Luis Alberto Acuña, posiblemente procedentes de la Formación Paja. Fuente: Bustos Sotelo y colaboradores (2021).

Quizá algunos de los próximos capítulos sobre los ictiosaurios de Colombia ya estén esperando en una colección. Solo falta que alguien vuelva a mirar sus fósiles y continúe escribiendo su historia. 

En la próxima entrada actualizaremos el registro de los mosasaurios de Colombia y conoceremos algunos de los nuevos estudios que están ampliando también su historia.

 

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Referencias:

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Lectura Recomendada:

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Fernando

@paleofher

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