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Titanoboa cerrejonensis © Gabriel Ugheto

Titanoboa cerrejonensis, la serpiente gigante del Paleoceno de Colombia

Resumen:

El descubrimiento de una especie de serpiente gigante en la mina del Cerrejón en Colombia despertó un gran interés a nivel mundial. Con sus más de 14 m de longitud y superando la tonelada de peso Titanoboa cerrejonensis es la especie de serpiente viva o extinta más grande que ha existido, su enorme tamaño nos ayuda a comprender los cambios climáticos que empezaban a darse en un planeta cada vez más caliente a finales del Paleoceno y comprender estas variaciones nos da pistas para entender el cambio climático actual. Titanoboa habitó el primer bosque tropical moderno junto a otros reptiles gigantes como tortugas y cocodrilos, este ecosistema se originó después de la extinción masiva del Cretácico tardío evidenciando la rápida recuperación de los bosques tropicales tras el impacto de un meteorito contra la superficie de la tierra hace 66 Ma.

La tierra durante el Paleoceno hace 60 millones de años. Créditos C. R. Scotese
ICC 2023 Titanoboa

En febrero de 2009 algunos de los medios de comunicación más importantes del mundo (The New York Times, The Washington Post, la BBC, Corriere della Sera, ABC, Clarín ) se hacían eco del espectacular hallazgo de una nueva especie de serpiente gigantesca que habría vivido hace 60 millones de años en un antiguo bosque tropical en lo que actualmente es la mina del Cerrejón, al norte de Colombia y cuyas dimensiones  -con más de 13 m de largo y un peso superior a los 1.000 kg de peso-  la convertían en la serpiente viva o extinta más grande jamás conocida.

Pero la importancia de semejante hallazgo no consistía sólo en que “batía” el récord de la serpiente más grande que haya habitado la tierra, sino por lo que su tamaño nos decía sobre el entorno y las condiciones climáticas en las que evolucionó y cómo esta información nos puede dar pistas sobre fenómenos climáticos tan actuales como el calentamiento global del que tanto hemos escuchado hablar. 

Titanoboa cerrejonensis. Créditos Tuomas Koivurinne
Titanoboa cerrejonensis en los cálidos bosques tropicales del Paleoceno del norte de Suramérica. Créditos Tuomas Koivurinne

La serpiente en la historia, un símbolo universal

La serpiente es uno de los animales que más ha fascinado al hombre a lo largo de la historia lo que las ha convertido en un símbolo universal presente en mitos, leyendas, creencias y tradiciones de prácticamente todas las culturas del mundo por lo que no es de extrañarnos que el descubrimiento de una mega serpiente haya tenido tanta repercusión mediática y de paso se convirtiera en el fósil más emblemático de la Paleontología colombiana.

¿Pero que ha hecho que la serpiente haya conseguido ese estatus de arquetipo universal?

Su presencia simbólica en culturas de todo el mundo ha hecho que su imagen esté arraigada en el subconsciente colectivo representando aspectos fundamentales de nuestra experiencia como seres humanos que se manifiesta en una fascinante dualidad en la percepción que de ellas tenemos.

Simbolismo dual: La serpiente a menudo simboliza dualidades opuestas como: el bien y el mal o la vida y la muerte normalmente asociada a su veneno. Esta dualidad puede verse en mitologías donde la serpiente puede ser tanto una fuerza maligna como un símbolo de sabiduría, curación y renacimiento.

Mitología y religión: En muchas religiones y mitologías la serpiente juega un papel destacado siendo adoradas como deidades o consideradas símbolos sagrados. Por ejemplo, en la tradición judeo-cristiana la serpiente es la tentación en la historia de Adán y Eva, en la mitología griega la serpiente es asociada con la curación y la renovación, como en el caso de Asclepio, el dios de la medicina, representado con un bastón rodeado por una serpiente mientras que en las mitologías Maya y Azteca la serpiente tenía una gran importancia simbólica y religiosa representada en sus poderosos dioses Kukulcán y Quetzalcóatl respectivamente, que representaban la conexión entre el mundo terrenal y el celestial, así como la dualidad de la vida y la muerte, la creación, la sabiduría y el renacimiento, conceptos fundamentales en sus cosmovisiones y rituales religiosos.

Adoración y temor: En algunas culturas antiguas la serpiente era adorada como un símbolo de poder, fertilidad, protección o divinidad. Por otro lado, el miedo a las serpientes con su veneno y su capacidad para acechar en la oscuridad, también las convirtió en símbolos de peligro y maldad.

Conocimiento y sabiduría: En algunas tradiciones la serpiente es vista como un símbolo de conocimiento y sabiduría, aspecto que se relaciona con la capacidad que tienen de mudar la piel, un acto que simboliza la renovación y la búsqueda constante de conocimiento.

Pero más allá del miedo ancestral asociado a las serpientes y a la deformación de su verdadera naturaleza debido a la superstición, a día de hoy persiste hacia ellas una profunda atracción y admiración que se remonta a los albores de la civilización humana.

Escultura en granito "La diosa Bachué". Autor Rómulo Rozo (1925)
Escultura en granito «La diosa Bachué». Autor Rómulo Rozo (1925)

En nuestro país tenemos el mito de Bachué, diosa y maestra de los Muiscas que emergió de la laguna de Iguaque, con un niño pequeño que cuando alcanzó la edad adulta se desposó con Bachué para poblar la tierra, juntos recorrieron todo el imperio Chibcha y poblaron cada rincón con sus hijos. Una vez finalizada su misión, regresaron a la laguna de donde habían salido y se convirtieron en dos gigantescas culebras, desde entonces los Muiscas asocian a la serpiente con la inteligencia humana.

Breve introducción al origen de las serpientes

La teoría más aceptada sostiene que las serpientes habrían evolucionado de tetrápodos de cuerpos relativamente cortos, colas largas y cabezas en las que ya habían evolucionado algunas de las  especializaciones craneales que podemos ver en las serpientes modernas seguramente dentro de los Anguimorpha, un suborden de lagartos que incluye a los varanos (Varanidae), lagartos caimán (Anguidae) o al venenoso “monstruo de Gila” (Helodermatidae) entre otros.

Las serpientes modernas comparten la falta de extremidades aunque muchas formas no colubroides aún conservan restos de la cintura pélvica, sin embargo, es crucial recordar que la elongación axial y la ausencia de extremidades no son exclusivas de las especies actuales ni eran características de las primeras serpientes, esta especialización apareció en individuos altamente derivados hace al menos 100 Ma (Caldwell, 2020).

Las serpientes más antiguas datan del período Jurásico medio – Cretácico temprano, hace entre 167 y 140 Ma: Eophis y Parviraptor de Inglaterra, Diablophis de Colorado, EE. UU y la mayor de todas, con alrededor de 1 m de largo, Portugalophis de Portugal. Estos fósiles, que consisten en algunas vértebras y fragmentos de mandíbulas, se habían atribuido inicialmente a formas extintas de lagartos pero fueron reclasificados pudiéndose identificar como serpientes debido a sus dientes fuertemente curvados, una característica común en las serpientes modernas y extintas (Caldwell y colaboradores, 2015).

Se piensa que las primeras serpientes habitaban entornos cálidos, húmedos y cubiertos de una densa vegetación. Eran cazadoras terrestres, nocturnas, de amplio rango y sigilosas que se alimentaban de invertebrados de cuerpo blando y vertebrados más estrechos que sus propias cabezas para poder ser tragados.

Algunas serpientes fósiles muestran extremidades traseras, incluida Najash rionegrina, del Cretácico tardío de la Patagonia, que tiene una pelvis bien desarrollada y extremidades traseras que se cree, fueron funcionales. Tres especies marinas del Cretácico Medio: Pachyrhachis problematicus y Haasiophis terrasanctus de Palestina y Eupodophis descouensi de Líbano también tenían extremidades traseras. Estas especies se agrupan en la familia extinta Simoliophiidae, pero la elongación corporal y la pérdida de extremidades no necesariamente separan a las serpientes de los lagartos.

Najash rionegrina mostrando extremidades traseras bien desarrolladas y funcionales hace alrededor de 90 Ma en la actual Argentina. Créditos Claus Lunau

Como veremos más adelante, la mayor explosión en la diversidad de serpientes parece haber ocurrido tras el evento de extinción del Cretácico-Paleógeno (K/Pg) hace 66 millones de años que, aunque acabó con una gran cantidad de especies, determinó el ascenso de los mamíferos otra fuente de alimento para las primeras serpientes (O’shea, 2018).

El Paleoceno, los primeros bosques húmedos neotropicales

Los bosques por los que merodeaban los dinosaurios a finales del Cretácico (Maastrichtiano)  estaban formados por comunidades vegetales equitativas en las que helechos (50%), plantas con flores (40%) y árboles de araucarias, una coníferas que dominaba el tope del bosque, compartían el entorno. La flora no formaba esa estructura compleja y estratificada que observamos en la actualidad; estos bosques lluviosos tenían un dosel abierto que permitía a la luz solar llegar hasta el suelo sin ser bloqueada por la densa cubierta arbórea que presentan las selvas actuales.

Pero hace 66 millones de años el impacto de un meteorito de 12 km de diámetro contra la superficie terrestre, causó una de las extinciones masivas más letales que ha vivido nuestro planeta, miles de especies animales entre las que se encontraban los dinosaurios no avianos, que habían habitado el planeta por cerca de 160 millones de años se extinguieron, pero no fueron los únicos, los pterosaurios, que habían dominado los cielos durante gran parte del Mesozoico también desaparecieron; una gran cantidad de organismos marinos también se vieron afectados, los rudistas, bivalvos que fueron muy diversos durante el Cretácico y que fueron responsables de la formación de grandes arrecifes en el mar del Tetis se extinguieron junto con los amonites que llevaban en los mares de todo el mundo desde el Devónico medio. También los grandes reptiles que dominaban los mares cretácicos y cuyos restos se han hallado en áreas cercanas a Villa de Leiva, en el departamento de Boyacá, desaparecieron para siempre.

Bosque lluvioso neotropical durante el Paleoceno del norte de Suramérica. Créditos Banco de Imágenes Ambientales (BIA), Instituto Alexander von
Bosque lluvioso neotropical durante el Paleoceno del norte de Suramérica. Créditos Banco de Imágenes Ambientales (BIA), Instituto Alexander von Humboldt

Las plantas perdieron una gran parte de su diversidad durante este evento que disminuyó en un 45% afectando especialmente a grupos importantes como las gimnospermas (coníferas que incluían pinos  y abetos) tan comunes durante el Mesozoico, dicha diversidad tardaría en recuperarse aproximadamente ~6 millones de años. Las condiciones cálidas y húmedas de los trópicos durante el Paleoceno favorecieron la aparición de los primeros bosques, similares a los bosques lluviosos neotropicales modernos, formados por un dosel cerrado y una estructura multistratal dominada por angiospermas (plantas con flores) que habían hecho su aparición durante el Cretácico. El evento K/Pg marcó el inicio de un extenso período de baja diversidad vegetal en el Neotrópico, dando lugar a la formación evolutiva del ecosistema terrestre más diverso que conocemos en la actualidad (Carvalho y colaboradores, 2021).

En el norte de Suramérica estos exuberantes y densos bosques eran surcados por grandes ríos en los que prosperaron peces y grandes reptiles como tortugas, cocodrilos y serpientes gigantes. Millones de años después estos frondosos bosques se han convertido en un rico yacimiento de carbón donde se encuentra la famosa mina del Cerrejón, una de las minas de carbón a cielo abierto más grandes del mundo y de la cual se extraen millones de toneladas que son exportadas a otros países.

Pero aunque el bosque fósil del Cerrejón es muy similar a los bosques húmedos tropicales modernos, de hecho predominaban las mismas familias de plantas que dominan el trópico hoy, la temperatura y niveles de CO2 en el cual vivieron no tenía condiciones como las actuales y tampoco fue tan diverso como el bosque húmedo actual.

Las comparaciones entre la diversidad de la flora fósil en Cerrejón y la flora actual del Amazonas, así como con la diversidad polínica de otros bosques húmedos del Paleoceno, revelan una cantidad menor de especies de la esperada. Los signos de daño por insectos en las hojas sugieren que podrían haber sido consumidas por herbívoros con una dieta más generalista, a diferencia de los bosques tropicales modernos, que albergan una mayor cantidad de insectos especializados. La baja diversidad vegetal en este bosque puede indicar la presencia de una nueva comunidad vegetal que aún no había tenido tiempo para diversificarse o que este bosque aún estaba recuperándose tras los eventos que causaron la extinción masiva hace 66 Ma, pero hablaremos en profundidad de los bosques del Paleoceno de Colombia (si, hay más a parte del Cerrejón) en una próxima entrada.

Diversidad y dispersión de las serpientes tras la extinción del límite K/Pg

Como acabamos de ver, tras la extinción masiva de finales del Cretácico los ecosistemas se recuperaron «rápidamente», las comunidades vegetales fueron dominadas por las plantas con flores que favorecieron la recuperación de los bosques, lo que a su vez proporcionó nuevas oportunidades a muchos de los grupos animales que sobrevivieron y que tuvieron una rápida diversificación entre los que se encontraban las serpientes.

Los altos valores de divergencia entre las serpientes del Paleoceno y las del Cretácico tardío parece deberse a una mayor variedad de nichos ecológicos a través del límite K-Pg, indicando que la morfología vertebral de las serpientes podría no haber sido drásticamente afectada por la extinción masiva. Las modificaciones fosoriales (adaptaciones para una vida subterránea) de ciertos grupos de serpientes pueden haber sido clave para su supervivencia proporcionándoles protección contra las duras condiciones ambientales posteriores al impacto del asteroide.

En el caso de las serpientes acuáticas seguramente encontraron refugio en estos ecosistemas debido a la alta inercia térmica del agua, es decir su condición para almacenar, conservar y liberar calor, lo que las protegió de los cambios térmicos causados tras la colisión. Las especializaciones en la alimentación poco frecuente de ciertos grupos de serpientes, así como su capacidad para cazar en la oscuridad, podrían haber contribuido a su supervivencia en un mundo post-impacto con poca luminosidad.

En alguna parte de Gondwana, una serpiente explora el mundo posterior a la extinción durante el Paleoceno Temprano. Créditos Joschua Knüppe
En alguna parte de Gondwana, una serpiente explora el mundo posterior a la extinción durante el Paleoceno temprano. Créditos Joschua Knüppe

Después del evento de extinción K/Pg las serpientes aprovecharon para ocupar de nuevo sus nichos ecológicos y expandirse hacia nuevas regiones en las que no estaban presentes debido a la competencia con otros depredadores, esto se refleja en el desarrollo de diversas morfologías vertebrales como respuesta a las nuevas oportunidades ecológicas del Paleógeno. Las serpientes marinas experimentaron una creciente especialización volviéndose morfológicamente distintas de las serpientes contemporáneas hacia finales del Eoceno.

La forma de las vértebras en las serpientes son indicadores de su tamaño corporal y del nicho ecológico que ocupaban, la extinción de dinosaurios no aviares y otros depredadores terrestres puede haber permitido a las serpientes aprovechar presas como pequeños vertebrados relativamente abundantes en el Cenozoico temprano. De igual manera, la extinción de depredadores como reptiles marinos y grandes peces teleósteos puede haber facilitado el aprovechamiento de estos recursos por parte de grandes serpientes marinas del Paleoceno (Grundler & Rabosky, 2021;Klein y colaboradores, 2021).

Pero la extinción masiva del Cretácico-Paleógeno también tuvo un impacto en los patrones de distribución  biogeográficos de las serpientes, todo parece indicar que cerca del límite K-Pg las serpientes se dispersaron inicialmente hacia Asia, una región que al parecer no habían ocupado previamente y aunque la probabilidad de dispersión entre masas continentales no debería cambiar debido a un evento de extinción masiva, la desaparición de competidores y depredadores potenciales podría aumentar las posibilidades de que las serpientes se dispersaran, lo que sugiere una conexión entre los eventos de extinción y la colonización exitosa de nuevas áreas geográficas por parte de las serpientes (Klein y colaboradores, 2021).

En resumen, las consecuencias de la extinción brindaron nuevas oportunidades para la diversificación ecológica, geográfica y morfológica de las serpientes durante el Cenozoico temprano.

Gigantophis. Créditos Hodari nundu
Una serpiente marina del género Pterosphenus se aleja de una Gigantophis mucho más grande. Créditos Hodari Nundu

Un segundo evento de extinción y recuperación de serpientes ocurrió desde el límite Oligoceno-Mioceno hasta el Mioceno temprano. Este período estuvo marcado por una disminución significativa desde el Eoceno tardío hasta el Oligoceno, respaldada por la desaparición de serpientes marinas del Cenozoico temprano, como Palaeophiidae y Gigantophis, la segunda serpiente más grande de todos los tiempos, sólo superada por Titanoboa cerrejonensis.

El evento Eoceno-Oligoceno coincidió con un enfriamiento global severo, lo que podría haber afectado especialmente a las serpientes poiquilotermas, aquellas cuya temperatura varía con la del ambiente. Así mismo, durante este intervalo más fresco, algunos géneros podrían haber desarrollado hábitos predominantemente diurnos para aprovechar las temperaturas más cálidas durante el día; esta diferenciación de nichos de sus antecesores nocturnos puede haber desempeñado un papel clave en la radiación y colonización posterior.

El calentamiento en el Oligoceno tardío habría permitido a las serpientes poiquilotermas ocupar latitudes más altas, facilitando su dispersión a las Américas a través de Beringia. Además, la fragmentación de bosques y la propagación de las recién aparecidas praderas, pueden haber proporcionado oportunidades para la especiación y la adaptación a entornos cambiantes. Estos eventos demuestran la complejidad de las interacciones entre cambios climáticos, adaptaciones evolutivas y la distribución geográfica de las serpientes en el tiempo (Klein y colaboradores, 2021).

Titanoboa, una boa gigante en el Paleoceno de Colombia

En 2009 un grupo de investigadores de las universidades de Florida, Toronto e Indiana y el Instituto Smithsonian de Investigación Tropical daban a conocer el hallazgo de una serpiente gigante que habría habitado la selva neotropical más antigua conocida hace entre 58 – 60 Ma.

Los fósiles de esta mega serpiente fueron hallados en rocas de la formación geológica Cerrejón, en el departamento de La Guajira al noreste de Colombia, donde se encuentra una de las minas de carbón a cielo abierto más grandes del mundo y que es conocida principalmente por la producción de carbón térmico de alta calidad. 

Las primeras pruebas de la presencia de plantas fósiles en la mina fueron reportadas en 1970 y consistían en restos de hojas descubiertos en núcleos de roca mientras que los primeros restos de vertebrados fueron colectados por el geólogo Henry García durante la década de los 80 y consistían en una mandíbula y un fémur de un crocodilomorfo (Jaramillo y colaboradores, 2014).

Vértebra de Titanoboa tál y como fue encontrada. Créditos Carlos Jaramillo
Vértebra de Titanoboa cerrejonensis tal y como fue encontrada en los trabajos de campo. Créditos Carlos Jaramillo

Cronología de un hallazgo espectacular

Corría el año 2002 cuando el paleobotánico colombiano Fabiany Herrera, entonces estudiante de pregrado, encontró una hoja fósil en la Fm. Cerrejón, la primera prueba del denso bosque neotropical que prosperó en la zona hace 60 Ma. Durante los siguientes años, nuevas expediciones dirigidas por el científico colombiano Carlos Jaramillo del Instituto Smithsonian de Panamá, confirmaron que, como pocos sitios en el mundo, el Cerrejón albergaba una riqueza fósil única: plantas (flores, polen, semillas, frutas), tortugas y cocodrilos gigantes junto a peces pulmonados de grandes dimensiones eran una ventana a un ecosistema tropical antiguo que había florecido 5 Ma después de la desaparición de los dinosaurios.

En 2005, otro estudiante colombiano, Edwin Cadena (actualmente paleontólogo especialista en tortugas fósiles) se sumó a las expediciones para buscar, precisamente, restos de tortugas. Es así como en su primera campaña encontró unas vértebras diferentes y muy grandes cubiertas de sedimentos que etiquetó como vértebras de cocodrilos, posteriormente estos fósiles serían estudiados en la Universidad de Florida donde se percataron de que algo no encajaba… comparando meticulosamente la vértebra, Alex Hastings y otros miembros del equipo concluyeron que ésta había pertenecido en realidad a una serpiente gigantesca y desconocida hasta ese momento y no a un cocodrilo. Interesados por semejante descubrimiento, los científicos revisaron los centenares de fósiles etiquetados y guardados junto a los restos de tortugas gigantes y cocodrilos encontrados en la mina del Cerrejón descubriendo más de 180 vértebras precloacales y fragmentos de costillas que representan a unos 28 individuos lo que nos indica que esta serpiente gigante era una especie común en este ecosistema.

La investigación, en la que participaron científicos colombianos, fue coordinada por el Instituto Smithsonian de Investigación Tropical y el Museo de Historia Natural de Florida. En 2009 se publicaron las conclusiones del estudio en la prestigiosa revista Nature anunciando a la comunidad internacional el hallazgo de una nueva especie: Titanoboa cerrejonensis, una enorme serpiente agrupada en la familia de los boídos (Boidae) con una longitud promedio de 12.8 m (12,01 m del hocico a la cloaca – LHC) y un peso estimado de 1 135 kg que vivió en las selvas del norte de Suramérica hace 60-58 millones de años, convirtiéndose en la más grande jamás conocida, lo que fue recibido con gran interés y atención por parte de los medios de comunicación de todo el mundo, la noticia de una serpiente prehistórica de tales proporciones cautivó la imaginación del público y generó una gran cobertura mediática poniendo a nuestro país en el mapa paleontológico mundial.

Titanoboa cerrejonensis comparada con un adulto moderno. Créditos Mario Lanzas

Las estimaciones del tamaño corporal para Titanoboa superan en gran medida las longitudes corporales máximas estimadas para las grandes serpientes actuales: Python con 9 m y Eunectes con 7 m respectivamente, sin embargo, los estudios de grandes poblaciones de estas serpientes no han recuperado individuos que superen los 6 m para las pitones y los 6,5 m para las anacondas mientras que el registro de Titanoboa incluye vértebras de ocho individuos que tienen aproximadamente las mismas dimensiones lo que indica que su gran tamaño corporal era algo común en el taxón.

Titanoboa es más grande que todos los demás taxa fósiles gigantes, incluyendo los miembros de las familias Madtsoiidae y Palaeophiidae y su descubrimiento amplía el rango de longitudes corporales en serpientes conocidas que van desde los 10 cm de Leptotyphlops carlae, la serpiente más pequeña del mundo y los 12.8 m de Titanoboa, estas estimaciones también demuestran que era el vertebrado no marino más grande conocido del Paleoceno y el Eoceno temprano (Head y colaboradores, 2009).

Pero la importancia de la Titanoboa no radica únicamente en su colosal tamaño, su descubrimiento también aporta pistas para conocer más sobre cómo era el ambiente en la selva del Paleoceno tras el evento K/Pg,  pues tratándose de un animal poiquilotérmico, la relación entre su masa corporal y la temperatura ambiental puede ser útil para conocer las condiciones climáticas de aquél entonces. A partir de su tamaño, los científicos estiman que requirió una temperatura media anual de entre 30 y 34 ºC para sobrevivir, una estimación consistente con las hipótesis de un Paleoceno cálido en el Neotrópico caracterizado por elevadas concentraciones de dióxido de carbono atmosférico según lo indican los modelos climáticos (Head y colaboradores, 2009) aunque como veremos más adelante no todo el mundo académico está de acuerdo con estas conclusiones.

Titanoboa fue agrupada a su vez dentro de la subfamilia Boinae que incluye las boas y las anacondas actuales, caracterizadas por matar a sus presas por constricción, es decir estrangulándolas con su cuerpo hasta matarlas. Los fósiles de Titanoboa se encontraron en entornos de deposición que consistían en llanuras costeras deltaicas esculpidas por extensos sistemas fluviales dentro de una selva tropical húmeda asociados con una fauna acuática, un entorno ecológico similar al de las anacondas modernas (Head y colaboradores, 2009). Esto sumado a que restos del crocodilomorfo Cerrejonisuchus improcerus se encontraron cerca de los restos de Titanoboa y que en ocasiones las anacondas actuales atacan a caimanes en el actual Amazonas, hizo que se popularizaran las imágenes de Titanoboa estrangulando y tragando crocodilomorfos, incluyendo algunas escenas del documental “Titanoboa: Monster snake” y una réplica a escala realizada por el Instituto Smithsonian que se expuso de forma itinerante en diversos lugares.

Réplica de Titanoboa a cargo del Smithsonian. Créditos  Michael Loccisano
Réplica de Titanoboa en tamaño real a cargo del Smithsonian y expuesta en la Terminal Grand Central de Nueva York (USA) en marzo de 2012. Créditos Michael Loccisano

Paleoecología

Titanoboa vivía en un extenso pantanal rodeado de bosque tropical que probablemente formaba parte de extensos humedales dispersos por el norte de Suramérica surgidos en el Cretácico tardío y que perduraron hasta el Neógeno creando un extenso sistema inundado de estuarios y humedales que habría fluctuado entre condiciones de agua dulce y condiciones semejantes a las marinas, un sistema que podría haber estado desconectado esporádicamente del océano (Rivas, 2023).

Expediciones posteriores a la zona, dieron como resultado el hallazgo de nuevos especímenes de Titanoboa que incluían partes del cráneo y la mandíbula (maxilares, palatinos, pterigoideos, cuadrados, dentarios y elementos compuestos) asociados a esqueletos axiales parciales, que permitieron realizar una estimación más precisa de su tamaño. Con una longitud del cráneo estimada en 40 cm, la longitud total del cuerpo arrojó unos sorprendentes 14.3 m, es decir Titanoboa era mucho más grande de lo que se había estimado inicialmente. El análisis filogenético de las boas basado en caracteres osteológicos craneales y postcraneales sitúa tentativamente a Titanoboa como un miembro basal del clado de las Boidae o incluso como un taxón hermano del género Candoia de las islas del Pacífico siendo la primera evidencia que vincula los boinos neotropicales y los del Viejo Mundo (Head y colaboradores, 2013; 2014).

Los elementos craneales de Titanoboa poseen características únicas en relación con otros boídos que combinados con sus dientes débilmente “anquilosados” son característicos de una dieta piscívora en serpientes actuales. La preservación de sus fósiles en ambientes fluviales y el descubrimiento de restos de grandes peces apoyan la conclusión de una ecología predominantemente piscívora, una característica única entre las Boinae actuales y extintas (Head y colaboradores, 2013).

«La gran abundancia de restos de Titanoboa nos indica que era un animal muy común en la zona y que probablemente se alimentaba de peces aunque debido a su gran tamaño seguramente era capaz de estrangular y devorar algunos de los ejemplares jóvenes de las grandes tortugas y cocodrilos que vivían en la zona así como aves y pequeños vertebrados tal y como lo hacen las anacondas en la actualidad».

Titanoboa aliméntandose de un pez pulmonado (Dipnoi). Créditos Christopher Chavez
Titanoboa cerrejonensis alimentándose de un pez pulmonado (Dipnoi). Créditos Christopher Chávez

Para saber más sobre la estrategia de crecimiento y la longevidad de Titanoboa cerrejonensis, un grupo de investigadores efectuó un análisis histológico de vértebras y costillas de cinco individuos, incluyendo dos juveniles, los cambios ontogenéticos y la tasa de crecimiento relativo se pueden deducir a partir del número y espaciado de las conocidas como «líneas de paro del crecimiento» o LAGs que, al igual que los círculos de los troncos de los árboles, nos indican cómo se desarrolla un organismo y cuándo deja de crecer por falta de recursos para alimentarse; el número y espaciado de los LAG’s en los fósiles de Titanoboa se compararon con la histología de Python reticulatus, la serpiente viva más larga conocida dando como resultado que probablemente Titanoboa logró un gran tamaño mediante un aumento tanto en la tasa de crecimiento como en la duración de la misma lo que contrasta con otras estrategias de crecimiento observadas en otros reptiles gigantes del Cenozoico como los cocodrilos, que lograron un tamaño enorme al aumentar sólo la duración del crecimiento. Así mismo las costillas de los ejemplares adultos muestran docenas de líneas oscuras, lo que podría sugerir un crecimiento que duró 60 años o más (Werning y colaboradores, 2014).

Especulando sobre la ecología de Titanoboa en base a las anacondas modernas

Desde su descubrimiento se ha establecido un paralelismo entre Titanoboa y las anacondas actuales debido a la similitud de sus hábitats y a que están filogenéticamente relacionadas especulando que la ecología de ambas boas es similar. Este tipo de enfoque entre especies extintas y actuales se ha utilizado con éxito en el estudio del tamaño corporal de crocodilianos, la evolución de la morfología de las alas y colas en aves así como el planeo entre vertebrados y se basa en la suposición de que diferentes organismos reaccionarán de manera similar al enfrentarse a las presiones evolutivas y ecológicas propias de su ecosistema, especialmente si comparten antepasados comunes recientes y un diseño que las coloca en situaciones y restricciones similares.

Utilizando datos de cientos de anacondas verdes (Eunectes murinus) recopilados a lo largo de los años, el herpetólogo venezolano Jesús Rivas una de las autoridades mundiales en el estudio de las anacondas, nos muestra el posible nicho paleoecológico de Titanoboa teniendo en cuenta que no era simplemente una anaconda grande, sino más bien su equivalente ecológico del Paleoceno (Rivas, 2020; 2022).

Estableciendo similitudes con la biología de las anacondas y considerando que entre las boas, las hembras son más grandes que los machos, el estudio estima que una hembra no gestante de T. cerrejonensis pesaba aproximadamente 1.232 kg mientras que cuando estaba embarazada alcanzaría los 1.465 kg.

Es probable que una hembra de Titanoboa, lista para aparearse, se enfrentara a situaciones similares a las de las anacondas actuales: tener crías preparadas para sobrevivir,  es decir, capaces de evitar la depredación y ser eficientes en la búsqueda de alimento al tiempo que la Titanoboa madre reserva energía para sus propias necesidades metabólicas. La selección natural habría moldeado su historia natural al igual que ocurre con las anacondas, favoreciendo la reproducción tan pronto como alcanzaran la madurez sexual con el fin de incrementar su éxito reproductivo y garantizar la supervivencia de su descendencia en caso de que muriera antes de volverse a aparear.

Titanoboa hembra devorando a su pareja después de la cópula. Créditos Hodari Nundu
Canibalismo sexual. Una hembra de Titanoboa cerrejonensis devora a un macho más pequeño después de la cópula, un comportamiento observado en anacondas actuales. Créditos Hodari Nundu

Usando los datos de longitud de Titanoboa de Head y colaboradores, el estudio de Rivas calcula que para una Titanoboa de 12 m de longitud, del hocico a la cloaca (LHC), las hembras habrían alcanzado la madurez sexual con 4,80 m de longitud y un peso de 95 kg, que es el tamaño máximo aproximado alcanzado por las anacondas actuales y en cuanto a las crías, si asumimos que estaban sometidas a la misma presión natural que las de las anacondas, entonces tendrían el mismo tamaño proporcional, en otras palabras una joven Titanoboa hembra tendría crías con un peso equivalente al 4 % de su masa corporal no estando embarazada, es decir, sus crías pesarían 3.8 kg al nacer y medirían 1,81 m. Mediante un cálculo similar también podemos estimar que las crías de una Titanoboa de 12,82 m de longitud y una masa corporal de 1.232 kg habrían pesado 6.9 kg y medido 2,15 m al nacer.

Con respecto a las presas de Titanoboa el estudio arroja resultados interesantes: en primer lugar, el tamaño promedio de la presa para una cría sería de aproximadamente el 32 % de su peso corporal por lo tanto sus presas debieron variar entre 1.3 y 2.2 kg. Es probable que las presas más pequeñas no fueran tan frecuentes en este ecosistema, de hecho aún no se han encontrado fósiles de mamíferos ni aves, por lo tanto, hasta que no hubiese alcanzado un tamaño considerable, una cría de Titanoboa habría enfrentado desafíos especialmente difíciles a la hora de encontrar alimentos que pudieran consumir así como para sobrevivir, durante su largo periodo de vulnerabilidad, al ataque de depredadores como los grandes crocodilomorfos y peces que abundaban en las ecosistemas fluviales del Cerrejón. 

En lo que respecta al tamaño medio de la presa para las hembras adultas, esta suele representar alrededor del 41 % de su masa corporal, lo que implicaría que la presa promedio de Titanoboa habría sido de aproximadamente 505 kg. Además, la información sobre la dieta de las anacondas indica que pueden cazar animales que alcanzan hasta el 146 % de su peso corporal; extrapolando estos datos, una Titanoboa de gran tamaño, con un peso de 1,232 kg, hubiese podido atacar a una presa de 1.799 kg!

Es evidente que un animal tan grande como Titanoboa debía consumir presas muy grandes; en esa época en el Cerrejón había una amplia diversidad de crocodilomorfos, tortugas y peces que, con toda probabilidad, hacían parte regular de su dieta. Además, muchas serpientes que se alimentan de presas muy grandes pueden reducir su metabolismo cuando no están en busca de alimento lo que les permite ahorrar energía. El cambio de la abundancia a la escasez es una práctica común entre muchas serpientes actuales, particularmente en la familia Boidae; esta podría ser la razón por la cual las anacondas no incluyen presas más pequeñas en su dieta a medida que crecen, para una serpiente de gran tamaño, poner en marcha su metabolismo con una presa pequeña no es viable. Si Titanoboa compartiera esta adaptación fisiológica, que parece ser común entre las serpientes primitivas, también habría resultado ventajoso no consumir presas más pequeñas.

Anaconda
Anaconda verde (Eunectes murinus) en la selva amazónica de Ecuador. Créditos Sebastian Di Domenico

Con respecto al debate que veremos más adelante de si la temperatura influyó en su tamaño, los datos sugieren que esta mayor tasa de crecimiento podría ser la combinación de un crecimiento juvenil más rápido y más lento en edad adulta. Titanoboa presenta una tasa de crecimiento comparable a la de las anacondas actuales por lo que su extraordinario tamaño puede explicarse por su longevidad  y no a causa de temperaturas globales más elevadas.

Finalmente el estudio especula con el tamaño máximo que Titanoboa podría haber alcanzado. Ya comentamos que en el Cerrejón se han hallado varios individuos de aproximadamente el mismo tamaño, lo que sugiere que las Titanoboa de 13 m podrían haber sido individuos comunes. Si nuestra mega serpiente tenía una distribución de tamaño similar a las anacondas hembras modernas y los individuos encontrados son de tamaño estándar, no es imposible pensar que la serpiente más grande que haya existido superara los 14.3 m de longitud (Head y colaboradores, 2013), Rivas especula con que si los especímenes encontrados tenían un tamaño promedio, el máximo teórico que Titanoboa habría alcanzado sería de 20 m, con este tamaño su masa corporal habría sido de unos impresionantes 5.091 kg !

Pero como el mismo autor aclara, los resultados son en gran parte especulativos aunque pueden ayudarnos a hacernos una mejor idea de cómo era la vida de la serpiente más grande jamás encontrada (Rivas, 2020; 2022).

Comparación de una vértebra de Titanoboa cerrejonensis (izquierda) y anaconda actual (derecha). Créditos Universidad de Florida
Comparación de vértebra de Titanoboa cerrejonensis (izquierda) y anaconda actual (derecha). Créditos Universidad de Florida

El Cerrejón tierra de gigantes

Aunque hablaremos de ellos en una entrada dedicada debemos mencionar que no solo las serpientes fueron gigantescas en este antiguo bosque tropical; los crocodilomorfo, que incluyen nuevas especies perteneciente a un grupo extinto conocido como dirosáuridos (Dyrosauridae), también alcanzaron tamaños enormes: Cerrejonisuchus improcerus de unos 2 m de longitud y Anthracosuchus balrogus de unos 5 m de longitud fueron dos crocodilomorfos primitivos caracterizados por tener un hocico muy corto en comparación con el de los caimanes y cocodrilos actuales mientras que el más grande Acherontisuchus guajiraensis, fue un dirosáurido longirostrino, es decir de hocico largo, que con un tamaño estimado de 6 m de largo, igualaba o superaba por poco al actual cocodrilo del Nilo, uno de los crocodilios más grandes de la actualidad.

Las tortugas por su parte no solo alcanzaron un gran tamaño sino que son además el vertebrado fósil más abundante y diverso en el Cerrejón, algunas no han podido ser identificadas a nivel de género por la ausencia de material craneal pero aún así tres nuevas especies de tortugas han sido descritas: Cerrejonemys wayúunaiki, nombrada en honor a la etnia Wayúu que habita la Guajira Colombiana, es la más cercana a un género de tortugas conocidas como «charapa» que habitan en la actualidad los grandes ríos del norte de Suramérica incluidos el Magdalena, Orinoco y el Amazonas entre otros lo que demuestra que han habitado el Neotrópico durante los últimos 60 millones de años. La segunda especie de tortuga del Cerrejón fue nombrada Carbonemys cofrinii y es la tortuga terrestre más grande de la que se tenga registro para ese periodo, con un caparazón que alcanzó los 1,7 m de largo y es la segunda tortuga de agua dulce más grande que se conoce a fecha de hoy, el primer lugar lo ocupa la gigantesca Stupendemys, un género de tortuga que habitó el norte de Suramérica durante el Mioceno medio. Por último tenemos a Puentemys mushaisaensis, una tortuga muy abundante con la particularidad de tener un caparazón circular que alcanzó los 1,10 m de diámetro. Todas las tortugas fósiles encontradas en el Cerrejón pertenecen al grupo de los Pleurodiras caracterizadas porque retraen el cuello en forma lateral cuando se sienten amenazadas y que en la actualidad sólo habitan en Suramérica, África y Australia.

Serpientes, tortugas y cocodrilos gigantes en los bosques del Paleoceno del norte de Suramérica. Créditos Jason Bourque
En primer plano una Titanoboa toma el sol en la orilla mientras al fondo el crocodilomorfo Cerrejonisuchus improcerus se dirige hacia el río en busca de su próxima comida, al fondo a la derecha la tortuga Cerrejonemys wayúunaiki intenta calentarse con los pocos rayos de sol que se filtran en este bosque tropical del Paleoceno medio. Créditos Jason Bourque/Universidad de Florida

Otros gigantes de estos ecosistemas y posible presa de Titanoboa fueron los enormes peces pulmonados de 2 m de longitud que habitaban estos enormes ríos.

Aunque todavía no se han encontrado restos de mamíferos, con toda probabilidad también habrían formado parte de este ecosistema haciendo parte de la dieta de serpientes y crocodilomorfos. La mayoría de los mamíferos de esta época eran generalmente pequeños en comparación con los géneros posteriores y su ausencia puede deberse a que las condiciones para su preservación, en comparación con los huesos más robustos de los grandes reptiles, dificultaron su preservación o que tal vez aún eran un componente no tan abundante de estos primeros bosques tropicales.

La fauna fósil del Cerrejón no solo representa el ecosistema más completo conocido hasta la fecha del Paleoceno en el norte de Suramérica, sino que también muestra que unos pocos millones de años después del evento de extinción masiva de hace 66  millones de años, los principales habitantes de los ecosistemas tropicales fueron grandes reptiles.

Sobre la estimación de la temperatura durante la era de Titanoboa

La segunda parte del estudio que dio a conocer a Titanoboa intenta estimar la temperatura media anual de su hábitat, pero ¿cómo una serpiente gigante puede ayudarnos a saber cómo eran las condiciones climáticas en los trópicos ecuatoriales durante el Paleógeno y porqué es tan importante? antes de responder a estas preguntas es importante saber que a finales del Paleoceno se estaba dando un episodio de calentamiento global conocido como Máximo Térmico del Paleoceno-Eoceno (MTPE o PETM, por sus siglas en inglés) y aunque los fósiles del Cerrejón son, en términos geológicos, “un poco” más antiguos que el máximo calentamiento alcanzado, es importante saber que en los tiempos de Titanoboa el planeta era caliente.

«Durante mucho tiempo la variación histórica de las temperaturas tropicales ha sido objeto de debate en la comunidad científica. Mientras que algunos modelos climáticos sugieren que se necesitan altas temperaturas tropicales y concentraciones de gases de efecto invernadero para explicar climas cálidos en latitudes más altas también se han propuesto hipótesis sobre la existencia de un «termostato» tropical que limitaría el calentamiento global (Huber, 2009)».

El norte de Suramérica durante el  Paleoceno (izq) y en la actualidad (der). Créditos Banco de Imágenes Ambientales (BIA), Instituto Alexander von HUmboldt
El norte de Suramérica durante el Paleoceno (izq) y en la actualidad (der). Créditos Banco de Imágenes Ambientales (BIA), Instituto Alexander von Humboldt

El debate

Volviendo a la pregunta inicial sobre cómo una serpiente gigante puede ayudarnos a conocer las condiciones climáticas en los trópicos ecuatoriales durante el Paleógeno, la respuesta parece simple: gracias a su tamaño. Utilizando el tamaño máximo de las serpientes, los investigadores se basan en la premisa de que el metabolismo de las serpientes, como animales ectotermos poiquilotermos, se acelera o disminuye en función de la temperatura de su entorno y es la temperatura ambiental la que regula el tamaño máximo de su cuerpo es decir a mayor temperatura ambiente más grande será y esta postura parece correcta pues en la actualidad, las serpientes más grandes que existen habitan en los trópicos de Suramérica y el sudeste asiático donde las altas temperaturas facilitan la evolución de grandes tamaños corporales. Usando anacondas modernas (Eunectes murinus) como modelo y datos de temperatura de su hábitat, los investigadores calcularon que Titanoboa vivía en un bosque tropical con una temperatura media anual (MAT) de 32 – 33 °C para serpientes de 13 m de longitud (con un rango entre 30 °C y 34 °C para tamaños corporales de entre 11 y 15 m), temperaturas muy por encima de los 26 – 27 °C de los bosques tropicales modernos; pero a pesar de tener esa temperatura tan alta, este bosque lluvioso tropical sostenía una comunidad diversa de plantas y de animales. Se cree que las altas precipitaciones en el Cerrejón, que se han calculado en ~4 metros anuales, fueron vitales para la supervivencia de los bosques bajo condiciones más cálidas (Head y colaboradores, 2009; Huber, 2009; Jaramillo y colaboradores, 2014). Estas estimaciones de temperatura coinciden con modelos climáticos cálidos durante  el Paleógeno que requieren concentraciones atmosféricas elevadas de dióxido de carbono si bien esta temperatura media anual es más alta que la de otras palaeofloras contemporáneas a las del Cerrejón en 6 – 8 °C (Head y colaboradores, 2009).

En resumen el trabajo de Head y colaboradores respaldaría la hipótesis que sostiene que la temperatura ecuatorial se incrementa durante calentamientos globales pero, aunque es una propuesta interesante, algunos autores no están de acuerdo.

Sniderman (2009) puso a prueba esta estimación usando un enfoque similar al de Head y colaboradores pero utilizando como referencia la especie Varanus (Megalania) prisca, un enorme lagarto extinto, de entre 5 y 7 m, que vivió en Australia durante el último periodo glacial en una zona con temperaturas 2 °C más bajas que en la actualidad. El análisis muestra que las predicciones de tamaño para V. prisca en climas más fríos son inconsistentes con la evidencia fósil y que la que la temperatura media anual en los trópicos modernos de 27 °C podría albergar un varánido de entre 10 y 14 m, mucho más grande que cualquier lagarto fósil o actual conocido, algo que evidentemente no ocurre. Asumiendo que el dragón de Komodo (V. komodoensis) con sus 3.1 m de longitud es el lagarto de mayor tamaño en condiciones tropicales actuales, el modelo predice que durante el Pleistoceno tardío en el este de Australia, donde vivió V. prisca, los varánidos no superarían los 1.55 m es decir entre tres y cuatro veces más pequeños que el tamaño estimado para este lagarto gigante y que además varánidos de 5 – 7 m como V. prisca hubieran requerido una temperatura media anual de entre 32 y 36 °C para sobrevivir, esto en pleno periodo glacial.  Mientras que con los datos de V. prisca, el modelo sugiere que lagartos de 3.1 m podrían haber prosperado en lugares con temperaturas tan frescas o incluso más que las que encontramos actualmente en el Reino Unido (10.7 – 14.3 °C) donde el lagarto más grande no supera los 46 cm, los datos también indican que todos los reptiles modernos estarían cerca de su tamaño máximo posible para las temperaturas en las cuales habitan.

Estos hallazgos cuestionan la relación entre el tamaño corporal y la temperatura del trabajo de Head y colaboradores, resaltando la influencia de factores no climáticos en la evolución de los reptiles terrestres.

Titanoboa Cerrejonensis. Créditos Felipe Salcedo
Titanoboa Cerrejonensis. Créditos Felipe Salcedo

Pero no fue la única voz discordante, Makarieva y colaboradores (2009) argumentaron que la estimación de la temperatura media anual se había hecho en base a la longitud de Titanoboa y al metabolismo de los boídos sin tener en cuenta las diferencias metabólicas en otros grupos de reptiles y concluyen que los bosques del Paleoceno eran entre 1.9 y 3.7 °C más cálidos que en la actualidad, es decir, la temperatura media anual del bosque tropical del Cerrejón era de unos 30 a 31.8 °C , muy por debajo de los hasta 34°C calculados inicialmente por Head y colaboradores. Es interesante remarcar que algunas técnicas utilizadas para calcular la paleotemperatura del Cerrejón y regiones cercanas indican una temperatura media anual de ~29,5 °C, que están 1,5 – 2 °C por encima de la temperatura actual, resultados muy similares a los de Makarieva y colaboradores. Para calcular estos valores los investigadores utilizaron hojas fósiles ya que la temperatura ambiente guarda una relación directa con la proporción de hojas que presentan bordes completos, una mayor la presencia de hojas con bordes enteros o lisos en un bosque sugiere condiciones ambientales más cálidas (Jaramillo y colaboradores, 2014).

Denny y colaboradores (2009) tampoco comparten las conclusiones de Head y colaboradores pues estos autores asumen que la relación entre la temperatura corporal y la temperatura del aire es constante en todos los tamaños corporales de los boídos, una suposición razonable para animales pequeños pero cuestionable para la masiva Titanoboa, es decir el modelo no considera que las serpientes de mayor tamaño tienen un ritmo metabólico diferente y disipan calor más lentamente que las serpientes más pequeñas. Así pues una Titanoboa enrollada vería aumentada su temperatura corporal en 4.5 °C y desenrollada en más de 0.5 °C por encima de la temperatura ambiente lo que sumados a los 34 °C de temperatura media anual calculada por Head y colaboradores, nos presentan un escenario con unas condiciones tan cálidas que harían que la serpiente se sobrecalentara peligrosamente.

Todos estos autores señalan posibles problemas en la estimación de temperatura del estudio de Head y colaboradores como la falta de pruebas rigurosas para el modelo propuesto y plantean algunas dudas: ¿Es realmente aplicable y precisa la conexión observada entre tamaño y temperatura en Titanoboa?, ¿Podría la capacidad de perder calor ser un factor limitante significativo para estas serpientes gigantes invalidando las estimaciones realizadas por Head y colaboradores? O ¿Por qué no se han encontrado serpientes gigantes en otros periodos geológicos igualmente cálidos? La existencia de serpientes actuales excepcionales sugiere que factores adicionales, más allá de la temperatura, podrían influir en el tamaño de estas serpientes en la actualidad.

Titanoboa-cerrejonensis. Créditos Servicio Geológico Colombiano
Titanoboa cerrejonensis. Créditos Servicio Geológico Colombiano

Los autores responden

Como es normal en el proceso científico, Head y colaboradores contestaron a todas estas cuestiones argumentando que Denny y colaboradores habían interpretado mal su modelo fisiológico al no asumir la constancia entra la temperatura corporal en relación con la temperatura media anual y reafirman que su modelo, validado con la serpiente más larga existente Python reticulatus, es adecuado para animales de gran tamaño, como Titanoboa.

En cuanto a las críticas de Sniderman sobre el modelo usado por Head y colaboradores, estos afirman que las suposiciones sobre los tamaños corporales y tasas metabólicas específicas de masa para estimar paleotemperaturas son válidas si se compara Titanoboa con la actual anaconda verde pero no son aplicables al extinto lagarto gigante Varanus prisca, pues la comparación con otros lagartos es problemática debido a las restricciones en los tamaños corporales de varanos modernos a causa de la presión por depredación, algo que no ocurre en el caso de Titanoboa.

Y sobre Makarieva y colaboradores comentan que, aún teniendo en cuenta las diferencias metabólicas en otros grupos de reptiles, si la temperatura media anual estimada para el Paleoceno neotropical era de 28-31 °C  (2-3 °C por debajo del estudio original) sigue estando en consonancia con la hipótesis de temperaturas ecuatoriales más cálidas hace 60 millones de años.

¿Dónde están los restos de Titanoboa?

Respuesta: En Colombia, en el Museo Geológico Nacional José Royo y Gómez de Bogotá que depende del Servicio Geológico Colombiano.

Y ustedes dirán ¿entonces a qué viene la pregunta?, pues bien, durante varios años en algunas de las redes sociales que utilizo para mi labor divulgativa, he visto comentarios donde la gente se pregunta ¿Dónde están los restos de Titanoboa? , ¿Porqué dejaron que se los llevaran?, ¿Cuándo los van a regresar?, ¿Porqué  seguimos permitiendo que sigan robando nuestro patrimonio?, que si lo que nos devolvieron son moldes y los verdaderos están en Estados Unidos y así una larga lista de cuestionamientos al gobierno, al Servicio Geológico Nacional, a los científicos y a las instituciones que participaron en la investigación.

Trabajos de campo en la mina del Cerrejón. Créditos Carlos Jaramillo
Trabajos de campo en la Mina del Cerrejón. Créditos Carlos Jaramillo

Entiendo perfectamente el porqué de estas preguntas pues para nadie es un secreto que durante muchos años los gobiernos de turno y los colombianos en general, hemos prestado poco o nulo interés por nuestro patrimonio y han sido “otros” los que han hecho lo que deberíamos hacer aquí, no digo que en el pasado no haya  habido investigadores con voluntad, claro que los ha habido pero ¿de qué sirve si no se tienen los medios? Colombia no es un país que se caracterice precisamente por invertir en ciencia de ahí la necesidad de colaborar con investigadores e instituciones de otros países, que evidentemente enriquecen y aportan mucho a la investigación colombiana, pero eso es una cosa y dejar que se queden con piezas de nuestro patrimonio… eso es diferente y yo diría algo del pasado, es cierto que piezas arqueológicas y paleontológicas hacen parte de colecciones privadas y de Museos de todo el mundo pero en los tiempos que corren, sería difícil que estatuas como las de San Agustín o fósiles de reptiles marinos de Villa de Leyva salieran del país sin ningún control y aunque ahora existe una legislación que lo protege, la preservación de nuestro patrimonio no se logra sólo con decretos, sino a través de inversiones económicas. El mantenimiento y cuidado de una colección requiere una considerable cantidad de recursos financieros y por ahora, no hay ninguna institución colombiana dispuesta a proporcionarlos; no olvidemos que seguimos siendo el único país de América que no cuenta con un Museo Nacional de Historia Natural a pesar de poseer una de las mayores biodiversidades del planeta. Como dice uno de los científicos más relevantes del país: «el amor se refleja en los presupuestos»; todo lo demás es simple demagogia.

Con respecto a los fósiles de Titanoboa y otros elementos descubiertos en Cerrejón y que fueron estudiados por la Universidad de Florida se vertieron una serie de rumores y mentiras (vamos lo que se conoce ahora como “fake news”) en las que prácticamente afirmaban que los fósiles habían sido sacados del país ocultos en los trenes que sacan carbón de la mina sin ningún tipo de control aduanero, ni permiso, ni conocimiento por parte del ente regulador de estos temas, el entonces INGEOMINAS (actualmente SGC).

Réplica de una vértebra de Titanoboa, expuesta en el Museo Geológico José Royo y Gómez. Créditos Anfecaro
Réplica de una vértebra de Titanoboa cerrejonensis expuesta en el Museo Geológico José Royo y Gómez de Bogotá. Créditos Anfecaro

¿Desinformación? ¿Mala fé? ¿Envidia? Desconozco el motivo por el que se pretendió empañar el trabajo de este grupo investigadores pero es injusto y debe quedar claro que nada se hizo de forma ilegal o sin el conocimiento del entonces INGEOMINAS y que como dije al inicio, desde hace varios años estas piezas están en el país custodiadas por el SGC. En la Universidad de Florida se conservan moldes de algunos de los fósiles que se hallaron en el Cerrejón.

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Agradecimientos:

Quiero dar las gracias a un revisor anónimo por sus valiosos consejos y comentarios. 

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Te invitamos a conocer más del trabajo de los paleoilustradores cuyas imágenes acompañan esta entrada visitando sus páginas Web:

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